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jueves, 15 de septiembre de 2016

Soy un... monstruo...

   Cuando nací, nadie quería que yo llegase. Mis padres pensaban que me habían tenido demasiado jóvenes, mis abuelos no estaban de acuerdo con tener un yerno y una nuera como lo eran mis padres. Hasta a los médicos les pareció un fastidio que yo tuviera que nacer en ese momento. Lo noté en sus miradas, en sus suspiros, en las palabras que intercambiaban. Quizás ellos pensaban que no entendía nada, pero no era así.
   Mientras iba creciendo, iba viendo más caras como aquellas. Las caras de los vecinos al yo despertarlos por mis lloros. Las caras de mis profesores al verme cada día. Las palabras de burla que decían mis compañeros al conocerme. Nadie hacía nada para evitarlo, yo tampoco hacía nada.
   Cuando entré en primaria, yo ya estaba acostumbrado a eso. Ya no miraba los rostros, ya no miraba nada. Simplemente dibujaba, pero todas las miradas me parecían iguales. Nadie jamás me miró de otro modo, así que no sabía dibujar otra mirada.
   Entré en la ESO sin tener ningún amigo, tampoco lo necesitaba. Siempre estuve solo, no tuve apenas contacto con la gente de mi clase. Todos me sentían como un intruso en aquel mundo. Jamás me pregunté el por qué. ¿Eso acaso cambiaría algo? No, claro que no.
   El bachillerato se me pasó en un abrir y cerrar de ojos. Mi almohada ya iba notando algunos síntomas, aunque yo jamás me di cuenta hasta que fue demasiado tarde. Sacaba buenas notas en todo, pero aún así los profesores me veían como un fastidio. ¿Quizás era por mi nula atención en las clases? No lo sé, simplemente no me apetecía pensar en eso.
   La Universidad resultó ser una gracia amarga. Yo empezaba a darme cuenta, pero me negaba a creerlo. Estudié lo que querían mis padres, yo no había encontrado aquello que me gustara. Allí la gente me veía diferente. No como si fuera una molestia, sino como si fuera alguien raro. Alguien distinto. Y aprendí a dibujar otro tipo de mirada.
   Cuando terminé la carrera, me vi solo y sin camino decidido. Mis padres me echaron de casa, no podían aguantarme ya. Supongo que ya no me soportaban. No soportaban esa pasividad que tenía dentro de mí ante todo lo que me habían hecho.
   Sentado en mi casa, debajo de un puente, había muchos mirándome. Era el nuevo, y era un fastidio tener que alimentar a alguien más. Yo rehusaba las comidas. Más de una vez me senté al borde de la orilla y me quedé mirando el fondo del río. Cualquiera que cayera allí podría morir ahogado por la corriente que había.
   Un día, una chica se acercó a mí. Me miraba diferente a los demás y creo que, por primera vez en mi vida, sonreí levemente. Sin embargo, al ver aquello, todos los que me odiaban le cogieron tirria y comenzaron a apartarla de ellos también. Ella se encontraba sola. Un día sonreí para mí mismo al pensar en lo que haría aquel día. Yo sabía bien que ella no me quería, así que decidí alejarla de mí. En cuanto la vi aquel día, la besé. Ella me golpeó y se marchó, sorprendida. Sabía que ya no volvería a ir a verme, que ya me odiaría y los suyos la acogerían de nuevo entre ellos.
   Ese día, volví a mirar el agua del río. Y quise tocarla. Mi almohada había notado primero mis lágrimas, luego que ya no podía dormir. Yo sabía que mi cuerpo no estaba bien. Que yo no era una persona normal. Era una persona odiada por todos. Sentí el agua alrededor de todo mi cuerpo.
   Cuando sentí salir de mi cuerpo, vi que nadie prestaba atención a ese cuerpo ahogado que acabó en el mar. Jamás nadie me recordaría. Sentí que era ascendido, aunque no sabía a dónde. Escuché una voz retumbar en mi cabeza.
   -Niño maldito, niño odiado por todos. Dos cosas pudiste hacer matar o morir. Ahora, podrás descansar en paz y amor.
   Cerré mis ojos y desaparecí de toda dimensión. Dejé de existir. Justo como todos ellos querían.

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